Hasta los años ochenta, la discusión académica se había circunscrito a demostrar la historicidad de las épocas que precedieron a la implantación de la monarquía israelita, pero posteriormente, la arqueología, la filología y exégesis bíblica, así como la antropología y la sociología aplicadas, también pusieron en entredicho la historicidad de los datos bíblicos referentes a los inicios de la monarquía en Israel y, en particular, los relativos a las figuras de David y Salomón y a la «época salomónica». Nos guste o no, lo expuesto en las obras de Israel Finkelstein, Neil Asher Silberman y Lester L. Grabbe, ha causado sorpresa entre los amantes de la historia revisionista y despertado rechazo entre quienes siempre han confiado ciegamente en la historicidad de los relatos de la Biblia. Una de las principales obras de Finkelstein y Silberman (2007) se titula precisamente: “David y Salomón. En busca de los reyes sagrados de la Biblia y las raíces de la tradición occidental.” Y el resultado de la búsqueda fue negativo: esos personajes no fueron lo que se dice de ellos. Para el citado libro, David y Salomón son construcciones ideológicas producidas en Jerusalén por círculos sacerdotales en tiempos posteriores al exilio. Además, los dos arqueólogos israelitas, Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman, han escrito varios libros, resultado de sus excavaciones en Israel, que se refieren a la historicidad de los libros del Antiguo Testamento y que han concluido que la existencia de los patriarcas del Éxodo, la presencia de los israelitas en el Sinaí, la conquista de Canaán y el período de los jueces, no son hechos históricos. De la Jerusalén de David, ha aparecido algún escaso documento arqueológico. De la Jerusalén de Salomón, no se conserva absolutamente nada. Jerusalén sería de este modo una aldea sin importancia. El imperio de David y de Salomón no existió; es una proyección muy posterior. Los israelitas son los cananeos de las montañas centrales de Canaán (1250-1000 A.C.). En otras palabras, el relato bíblico es totalmente ficticio respecto a lo que pasó en realidad, pero esas ficciones son muy reales en nuestra cultura mal hecha y ahora prácticamente deshecha. La tradición judía y cristiana, siguiendo el relato de la Biblia, exaltó los reinados de David y Salomón en Judá como la «Edad de oro» en la que «la monarquía unida bajo una suerte de unión personal llegó a constituir un verdadero imperio con capital en Jerusalén. Sin embargo, la investigación reciente ha desmontado esta imagen idealizada, hasta el punto de que llegó a decirse que la historicidad del rey David y el esplendor de Salomón «no es mayor que la del rey Arturo». Sí, el rey Arturo, otra figura exaltada tal vez con algún trasfondo histórico de los recuerdos colectivos, es un caso semejante. Pues usamos siempre ese tipo de modelos culturales antiguos como si la antigüedad fuera en sí una virtud y esos modelos no hacen otra cosa que enquistar los puestos de poder y todos los niveles jerárquicos como algo que responde a la voluntad de dios. Dios mismo, como un creador SEPARADO de nosotros, que aparentemente hizo surgir de la nada la materia, por lo cual todo le pertenece, mientras se lo administran unos pocos representantes suyos en la Tierra.

 

 

Lo expuesto en las obras de Israel Finkelstein, Neil Asher Silberman o Lester L. Grabbe causa sorpresa y mucho rechazo en quienes siempre han confiado en la historicidad de los relatos de la Biblia.

Situadas en un contexto de medio siglo de hallazgos, y de considerables avances de la filología y exégesis bíblica, así como de la antropología y de la sociología aplicadas al estudio de la Biblia, aquellas obras no hacen sino exponer el estado actual de la situación aceptada por la mayoría de los estudiosos en base a investigaciones científicas contundentes.

Y aunque toda nuestra vida hayamos creído en lo que dice la Biblia como la incuestionable palabra de Dios —ya sea por tradición familiar o porque nuestro sueldo proviene del diezmo y las ofrendas de los millones de creyentes—, ya nada podemos hacer al respecto más que aceptar que fuimos engañados como niños pequeños e indefensos, y sentarnos a pensar qué hacer para terminar con ese gasto de recursos que generan los parásitos que viven de la buena fe de la gente.

Los creyentes merecen nuestro respeto, y son dignos de admiración. Pero todos aquellos inútiles que no saben hacer otra cosa que comer bien y ostentar autos de lujo gracias al bolsillo ajeno, desde nuestro punto de vista deberían enfrentarse a la justicia, pues se han dedicado a vender mentiras, un dios que no existe, y promesas vacías a los desesperados. Esto es: daño económico, moral y psicológico, todo junto.

Una de las principales obras de Finkelstein y Silberman (2007), se titula: “David y Salomón. En busca de los reyes sagrados de la Biblia y las raíces de la tradición occidental.” Hasta los años ochenta, la discusión académica se había circunscrito a demostrar la historicidad de las épocas que precedieron a la implantación de la monarquía israelita, pero enseguida se puso en entredicho la historicidad de los datos bíblicos referentes a los inicios de la monarquía en Israel y, en particular, los relativos a las figuras de David y Salomón y a la «época salomónica».

 

En los años siguientes se produjo un intenso y acalorado debate sobre la datación de los restos arqueológicos atribuidos a esta época, en el que se enfrentaban, por una parte, Israel Finkelstein, David Ussishkin y Nadav Na’aman, representantes de la «Escuela de Tel Aviv», y, por otra, arqueólogos estadounidenses como William Dever y Lawrence Stager.

Diversas publicaciones de los años noventa, en particular de Niels Peter Lemche, Thomas L. Thompson, Philip R. Davies y Keith Whitelam, pusieron en duda la historicidad de los datos referidos a la época que discurre desde el período premonárquico hasta bien entrada la época monárquica. La publicación de la inscripción de Tel Dan contribuyó a encender aún más la disputa. Para el citado libro, David y Salomón son construcciones ideológicas producidas en Jerusalén por círculos sacerdotales en tiempos posteriores al exilio.

A pesar de las riquezas que se nos dice poseían David y Salomón (“… consiguió que la plata fuera tan corriente como las piedras”), no se menciona nada de ellas en ni un solo texto de Egipto y Mesopotamia ni de su harén legendario (además de exagerado).

No existen datos arqueológicos de Jerusalén que avalen los proyectos de construcción de Salomón. Las excavaciones del siglo XIX y XX en torno a la montaña del Templo, no arrojaron ni un solo rastro del santuario palaciego salomónico.

En 1993 se descubre el yacimiento de Tel Dan al norte y en él un objeto con la inscripción “Casa de David”, escrita en arameo, lengua de los sirios, que corresponde a la invasión de Jazael rey de Damasco en torno a 850 a.C.

 

estela de dan

Estela de Dan.

 

“Maté a Jojrán, hijo de Ajab rey de Israel, y maté a Ocozjías hijo de Joran de la Casa de David…” También se encontró una inscripción de Mesa, rey de Moab, donde se hace referencia a la Casa de David.

El hallazgo en 1993 de la estela de Tel Dan exacerbó los debates en torno a la figura de David y su reino. La estela, fechada en el siglo IX, conmemora las victorias de un rey arameo sobre la «casa de David», con alusiones que arrojan luz sobre la revuelta de Jehú en Israel, a la que se refiere el segundo libro de los Reyes (9-10). El testimonio que aporta esta estela, junto con el de la famosa inscripción de Mesa, no permiten dudar de la existencia del fundador de la dinastía que lleva el nombre de David, pero sí de la cronología y, en especial de su poderío militar.

La arqueología prueba que, al tiempo que surgían otros reinos vecinos, en Israel y Judá se instauraron sendas monarquías cuyas capitales, Siquén y Jerusalén, en un principio no pasaban de ser poblaciones poco más extensas que las de las aldeas de las comarcas montañosas.

Israel no llegó a conformar un Estado hasta la época de Omrí, y Judá hasta la de Ozías, como ha mostrado sobre todo Hermann Michael Niemann. Del mismo modo, Jerusalén no llegó a ser capital de un Estado hasta finales del siglo VIII a. C. Así lo prueban también los estudios en torno a la existencia de escuelas de escribas en las principales ciudades o centros político-religiosos y culturales.

Estamos viendo aquí una diferencia de casi medio milenio 500 años, entre las dataciones tradicionales y las actuales. Es como decir que los españoles conquistaron América hace mil años, cuando en realidad fueron 500. Es un error demasiado grueso para cualquier tipo de datación. Obviamente la primera no es científica, sino que se dató de acuerdo con el antojo del escriba. Las fechas actuales son todas fiables y válidas.

Los judíos no se preocupan en absoluto por estos hechos, pues ¿qué nación no ha exagerado respecto al esplendor y las virtudes de sus caudillos, lo cual es una práctica común? Lo que sí llama mucho la atención es que los científicos judíos (que son de los mejores del mundo) consideren esas fábulas mal datadas y en su mayoría inventadas, casi como una especie regalo para todo el mundo occidental.

 

Un regalo que, desde nuestro humilde punto de vista, es el origen de toda la podredumbre del capitalismo occidental que está a punto de colapsar. Vamos a citar directamente el mencionado libro:

“La historia de los reyes sagrados del antiguo Israel, David y Salomón es uno de los regalos más perdurables desde el Medio Oriente a la civilización occidental, desde las encumbradas catedrales y los elegantes palacios de la Europa media hasta las silenciosas galerías de los museos de arte mundialmente famosos, con los púlpitos de la América pueblerina y las epopeyas de Hollywood. Las figuras de David, Pastor, Guerrero, y el rey protegido por Dios, y su hijo Salomón, gran constructor, Juez sabio imperturbables soberanos de un vasto imperio, se han convertido en modelos intemporales de liderazgo correcto confirmado por la divinidad. Han configurado las imágenes occidentales sobre la realeza y han servido como modelos de Piedad, región, expectación mesiánica y destino nacional. Ahora, gracias a la arqueología, podemos diseccionar, por primera vez, los principales elementos de la historia bíblica para ver cuándo y cómo surgió cada uno de ellos. Los resultados de nuestra búsqueda serán, quizá, sorprendentes, pues los descubrimientos de las últimas décadas han mostrado lo lejos que se hallaba el mundo real de David y Salomón de los esplendorosos retratos escriturarios.” (Finkelstein y Silberman pg. 245).

 

Los relatos bíblicos que componen la «Historia del ascenso de David al trono» y la «Historia de la sucesión al trono» revisten carácter legendario y no fueron redactados sino a finales del siglo VIII o comienzos del VII (el relato bíblico los sitúa en el siglo XI a.C.). Conservan, sin embargo, como afirma Finkelstein, vagos recuerdos que poseen un trasfondo histórico, como los que se refieren a Gat como la ciudad filistea más importante en la época o a los pequeños reinos arameos de Geshur y Maacah en la periferia de Damasco.

Los dos arqueólogos israelitas, Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman, han escrito varios libros, resultado de sus excavaciones en Israel, que se refieren a la historicidad de los libros del Antiguo Testamento. La existencia de los patriarcas del Éxodo, de la presencia de los israelitas en el Sinaí, la conquista de Canaán y el período de los jueces, no son hechos históricos.

De la Jerusalén de David, ha aparecido algún escaso documento arqueológico. De la Jerusalén de Salomón, no se conserva absolutamente nada. Jerusalén sería una aldea sin importancia. El imperio de David y de Salomón no existió. Es una proyección muy posterior. Los israelitas son los cananeos de las montañas centrales de Canaán (1250-1000 A.C.)

 

Mapa del Culto de Baal: El poderoso culto que ha dominado la Tierra durante la historia humana bajo registro

 

En otras palabras, el relato bíblico es totalmente ficticio respecto a lo que pasó en realidad, pero esas ficciones son muy, pero muy reales en nuestra cultura mal hecha y casi deshecha. La tradición judía y cristiana, siguiendo el relato de la Biblia, exaltó los reinados de David y Salomón en Judá como la «Edad de oro» en la que «la monarquía unida bajo una suerte de unión personal llegó a constituir un verdadero imperio con capital en Jerusalén. La investigación reciente ha desmontado esta imagen idealizada, hasta el punto de que llegó a decirse que la historicidad del rey David y el esplendor de Salomón «no es mayor que la del rey Arturo».

Sí, el rey Arturo, otra figura exaltada tal vez con algún trasfondo histórico de los recuerdos colectivos, es un caso semejante. Usamos siempre ese tipo de modelos culturales antiguos como si la antigüedad fuera en sí una virtud y esos modelos no hacen otra cosa que enquistar los puestos de poder y todos los niveles jerárquicos como algo que responde a la voluntad de dios. Dios mismo, como un creador SEPARADO de nosotros, que aparentemente hizo surgir de la nada la materia, por lo cual todo le pertenece, mientras se lo administran unos pocos representantes suyos en la Tierra.

Estamos en condiciones de demostrar hoy, con evidencias estrictamente científicas, que la nada no existe, por lo tanto, no podemos sacar algo de allí. La materia tampoco es una ilusión de energía e información (es holográfica) y tampoco un dios separado, antes bien, existe un experimento que demuestra de manera empírica que todo es una sola cosa. Se llama “POTENCIAL TRANSFERIDO” y fue concebido por la genialidad de un judío–mexicano, desaparecido misteriosamente en 1994, el Dr. Jacobo Grinberg.

Esto es un avance, ya que la arqueología no es la única disciplina que tiene pruebas sobre la verdad de los relatos bíblicos. Hemos invitado al Dr. Llogari Pujol que, con un sorprendente método de literatura comparada demuestra que muchos relatos y personajes bíblicos están copiados de otros libros que existían mucho antes. Fueron sus palabras: “Sin los cuentos escritos de la fértil creatividad egipcia, tampoco existiría el Antiguo Testamento.”

Esto y mucho más, estudiaremos en la segunda parte del curso “LA VERDAD SOBRE LA BILIA” de VIDA COHERENTE. No te lo puedes perder, pues aquí presentamos la evidencia de todas las mentiras que heredó Occidente, de mentes mucho más cultivadas y que, desde nuestro punto de vista, son la principal causa del fracaso que estamos viviendo en el mundo actual.

 

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Arqueólogos de la Universidad de Tel Aviv afirman que Moisés no existió

 

Fuente:

Vida Coherente — Los reyes del antiguo Israel y su influencia en la cultura occidental.

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