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Luego de los hechos del 11 de septiembre, el imperio estadounidense espía, saquea y mata

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Continuamos ofreciendo por episodios la última parte del libro de Thierry ‎Meyssan ‎‎Sous nos yeux, publicado en español bajo el título ‎De la impostura del 11 ‎de septiembre ‎a ‎Donald ‎Trump. ‎Ante nuestra ‎mirada, ‎la gran farsa de las primaveras ‎árabes.‎‏‎ Este episodio expone las transformaciones del Imperio estadounidense ‎introducidas a raíz de los hechos del 11 de septiembre de 2001: la imposición de un ‎sistema de vigilancia interna de los menores actos de la población civil y, en el plano ‎exterior, el inicio de la «guerra sin fin» contra los países del Medio Oriente ‎ampliado. También aborda la influencia póstuma del filósofo Leo Strauss en la ‎eliminación de los escrúpulos que algunos dirigentes de Estados Unidos y de Israel hubiesen ‎podido albergar sobre la aplicación concreta de tales políticas.‎

 

La Red Global de Terror británica/saudí y el 11 de septiembre de 2001

 

Por Thierry Meyssan

El almirante estadounidense Arthur Cebrowski elaboró un proyecto que ‎divide el mundo en dos zonas: una para los Estados globalizados o industrializados y otra ‎donde quedan los demás países. Estos últimos se ven condenados a convertirse en simples ‎reservas de riquezas naturales y de fuerza de trabajo. A partir de los hechos del 11 de ‎septiembre de 2001, la misión del Pentágono ya no es ganar guerras sino destruir las ‎estructuras mismas de los Estados en los países destinados a ser simples reservas de riquezas ‎naturales y sembrar allí el caos para apoderarse fácilmente de esas riquezas.

El almirante estadounidense Arthur Cebrowski elaboró un proyecto que ‎divide el mundo en dos zonas: una para los Estados globalizados o industrializados y otra ‎donde quedan los demás países. Estos últimos se ven condenados a convertirse en simples ‎reservas de riquezas naturales y de fuerza de trabajo. A partir de los hechos del 11 de ‎septiembre de 2001, la misión del Pentágono ya no es ganar guerras sino destruir las ‎estructuras mismas de los Estados en los países destinados a ser simples reservas de riquezas ‎naturales y sembrar allí el caos para apoderarse fácilmente de esas riquezas.

 

La estrategia de Washington

‎Volvamos a nuestra narración. En 2001, Washington había logrado ‎intoxicarse ‎a sí mismo, ‎autoconvenciéndose de que habrá que enfrentar una escasez inminente ‎de fuentes ‎de energía. El Grupo ‎de Trabajo sobre el Desarrollo de la Política Energética Nacional ‎‎(NEPD, ‎siglas en inglés), encabezado por el vicepresidente Dick Cheney, había realizado ‎audiencias con todos los responsables públicos y privados ‎del aprovisionamiento en ‎hidrocarburos. En aquel ‎momento, después de haber conversado personalmente ‎con ‎el secretario general de aquel ‎organismo, que el Washington Post calificaba de «sociedad ‎secreta» [1], yo ‎mismo ‎quedé impresionado ante la determinación de aquel ‎responsable y escuchando sus planes sobre ‎cómo enfrentar la ‎inminente escasez de combustibles ‎fósiles. El tema era nuevo para mí y ‎me creí por un momento aquel delirio malthusiano. ‎

Washington concluyó así que tenía que apoderarse lo más rápidamente posible de ‎las reservas ‎conocidas ‎de petróleo y gas para poder garantizar el funcionamiento de ‎su economía. ‎Esa política es abandonada ‎después, cuando la élite estadounidense comprueba ‎que, además del ‎‎crude oil de Arabia Saudita, del ‎petróleo texano o el del Mar del Norte, ‎también es posible ‎explotar otros tipos de petróleo. Tomando el ‎control de Pemex [2], Estados Unidos va a ‎apoderarse entonces ‎de las reservas del Golfo de México ‎ [3], ‎proclamará su propia independencia ‎energética y disimulará ‎su fechoría tras la publicidad que hace al petróleo ‎y al gas de esquistos. ‎Hoy en día, ‎en contradicción con las previsiones de Dick Cheney, la oferta de ‎petróleo es ‎más importante ‎que nunca y ese recurso sigue siendo barato. ‎

Para controlar el «Medio Oriente ampliado» –o «Gran Medio Oriente»– el Pentágono ‎exige ‎libertad de maniobra total y separar su ‎objetivo estratégico de las ambiciones ‎y decisiones de ‎las compañías petroleras. Basándose en trabajos ‎británicos e israelíes, ‎el Pentágono planea un ‎rediseño de toda la región, o sea modificar las fronteras heredadas de ‎los‏ ‏imperios europeos, ‎suprimir los grandes Estados capaces de oponerle resistencia ‎y crear ‎pequeños Estados ‎étnicamente homogéneos. Además de ser un proyecto de ‎dominación, ‎ese plan dispone de la región en su ‎conjunto sin tener en cuenta especificidades ‎locales. Aunque ‎las poblaciones son a veces geográficamente ‎diferentes, también a veces están ‎totalmente ‎conectadas entre sí, lo cual hace ilusoria la pretensión de ‎separarlas, a no ser que ‎se esté ‎dispuesto a desatar grandes masacres.

 

Según la doctrina Rumsfeld-Cebrowski, ya no hay que ganar ‎las guerras. ‎El enemigo de Estados Unidos es la estabilidad. Es por eso que aún continúan ‎las guerras en Afganistán, Irak, Libia y Siria, que supuestamente iban a durar sólo semanas.

Según la doctrina Rumsfeld-Cebrowski, ya no hay que ganar ‎las guerras. ‎El enemigo de Estados Unidos es la estabilidad. Es por eso que aún continúan ‎las guerras en Afganistán, Irak, Libia y Siria, que supuestamente iban a durar sólo semanas.

 

En realidad, el equipo que organizó los atentados del 11 de septiembre de 2001 –‎entre ‎cuyos ‎miembros figuró el vicepresidente Dick Cheney– sabía todo eso y había ‎reflexionado ‎sobre ello ‎desde mucho antes. Ese equipo impone una gran reforma de las ‎fuerzas ‎armadas ‎estadounidenses, siguiendo el modelo concebido por el almirante Arthur ‎Cebrowski. ‎El almirante ya había transformado las prácticas militares estadounidenses en función ‎de las ‎nuevas ‎herramientas informáticas [4]. Cebrowski elaboró ‎también ‎una estrategia para destruir los Estados como sistemas de organización política y ‎permitir así a ‎las ‎grandes compañías informáticas dirigir el mundo globalizado en lugar de ‎los Estados ‎‎ [5]. En ‎la mañana misma del 11 de ‎septiembre, la publicación del US Army –la ‎revista Parameters– ‎expone el proyecto de rediseño del «Medio Oriente ampliado», ‎precisando que el proceso será ‎particularmente sangriento y cruel [6]. La publicación ‎indica incluso que habrá que cometer ‎crímenes contra la humanidad, cuya ejecución será ‎confiada a terceros. Posteriormente, ‎el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, pone ‎al almirante Cebrowski en una oficina del ‎Pentágono para que se encargue de supervisar todo ‎el proceso.‎

Los hechos del 11 de septiembre de 2001 son sólo un medio para lograr que ‎se adopte ‎urgentemente un código antiterrorista –la USA Patriot Act o “Ley Patriótica”– que ‎se había ‎redactado 2 años antes y para emprender una gran reforma de las instituciones ‎estadounidenses ‎‎–como la creación del Departamento de Seguridad de la Patria (US Department ‎of Homeland ‎Security o DHS), cuya denominación casi siempre se traduce incorrectamente ‎como ‎‎“Departamento de Seguridad Interior”, y también la creación de fuerzas especiales ‎clandestinas ‎dentro de las fuerzas armadas. ‎

 

En 2013, el FSB detuvo al tercer secretario de la embajada de ‎Estados Unidos en Moscú, Ryan C. Fogle. El “diplomático” Fogle era en realidad miembro de ‎las fuerzas especiales secretas del Pentágono y fue sorprendido in fraganti cuando intentaba ‎reclutar un espía dentro de la Dirección Antiterrorista del Cáucaso. En el momento de su ‎detención, Fogle estaba en posesión de medios técnicos que le permitían modificar su apariencia física y hasta sus huellas digitales.‎

En 2013, el FSB detuvo al tercer secretario de la embajada de ‎Estados Unidos en Moscú, Ryan C. Fogle. El “diplomático” Fogle era en realidad miembro de ‎las fuerzas especiales secretas del Pentágono y fue sorprendido in fraganti cuando intentaba ‎reclutar un espía dentro de la Dirección Antiterrorista del Cáucaso. En el momento de su ‎detención, Fogle estaba en posesión de medios técnicos que le permitían modificar su apariencia física y hasta sus huellas digitales.‎

 

El Departamento de Seguridad de la Patria o Homeland Security no sólo controla ‎el servicio ‎estadounidense de Guardacostas y los servicios de inmigración. Es también ‎un gigantesco sistema ‎de control de la población y emplea a tiempo completo 112 000 espías ‎que vigilan a sus ‎conciudadanos [7]. Las fuerzas especiales ‎clandestinas son un ejército ‎de 60 000 hombres altamente entrenados que actúan sin uniforme, ‎lo cual viola las ‎Convenciones de Ginebra [8]. Los miembros de esas fuerzas especiales ‎clandestinas ‎estadounidenses se encargan de cometer asesinatos por orden del Pentágono y ‎en cualquier ‎lugar del mundo. Por supuesto, el Pentágono no renunciará a “rentabilizar” esa ‎‎“inversión”, ‎realizada con el mayor secreto. ‎

 

 

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Las guerras contra Afganistán e Irak

‎Las operaciones comienzan con la guerra contra los talibanes, en aplicación de la ‎doctrina ‎Cheney después ‎de la ruptura de las negociaciones sobre la construcción de un ‎oleoducto a través ‎de Afganistán, a ‎mediados de julio de 2001. El embajador Naiz Naik, ‎representante de Pakistán ‎en las negociaciones que se ‎desarrollaban en Berlín con los talibanes, ‎había regresado ‎a Islamabad convencido de que el ataque ‎estadounidense era ‎inevitable ‎ [9]‎. Su país comenzó entonces a ‎prepararse para las consecuencias. ‎La flota ‎británica se había desplegado en el Mar de Omán, ‎la OTAN había enviado ‎‎40 000 hombres a Egipto y el ‎líder tayiko Ahmed Shah Massud ‎había sido asesinado justo antes ‎de los atentados de Nueva York y ‎Washington. ‎

Los representantes de Estados Unidos y del Reino Unido en la ONU, John Negroponte ‎y ‎sir Jeremy ‎Greenstock, aseguran que, al atacar Afganistán, el presidente George W. Bush ‎y ‎el primer ministro Tony ‎Blair aplican el derecho de sus países a defenderse. Pero ‎todas ‎las cancillerías saben que, con atentados o sin ellos, Washington y ‎Londres querían ‎esa guerra. Los diplomáticos piensan, como ‎mínimo, que Washington y Londres están ‎usando ‎como pretexto un crimen del que sólo Washington ha ‎sido víctima. En aquel momento, ‎yo logro ‎que el mundo entero se pregunte qué fue lo que realmente ‎sucedió el 11 ‎de septiembre. ‎En Francia, el presidente Jacques Chirac solicita a la DGSE (la Dirección ‎General ‎de Seguridad ‎Exterior) que evalúe mi trabajo. Después de una amplia investigación, ‎la DGSE ‎comprueba que ‎todos los elementos en los que yo me baso son verídicos, pero dice ‎no poder, a pesar de ‎ello, ‎confirmar mis conclusiones.‎

El diario francés Le Monde, que en ese momento ya ha iniciado una campaña ‎para ‎desacreditarme, ‎ridiculiza mis previsiones de que Estados Unidos atacará Irak. Hasta que ‎sucede ‎lo inevitable. Washington ‎acusa a Bagdad de dar refugio a miembros de al-Qaeda y de ‎estar ‎preparando armas de destrucción ‎masiva para atacar el «país de la libertad». Así que ‎tendremos ‎guerra, como en 1991. ‎

 

Donald Rumsfeld ‎–a quien vemos en esta foto estrechando la mano al presidente iraquí Saddam Hussein–‎ sabía que Irak tenía armas químicas… porque él mismo ‎se las había vendido para que las usara contra Irán. Pero todas habían sido utilizadas durante ‎la guerra entre esos dos países.

Donald Rumsfeld ‎–a quien vemos en esta foto estrechando la mano al presidente iraquí Saddam Hussein–‎ sabía que Irak tenía armas químicas… porque él mismo ‎se las había vendido para que las usara contra Irán. Pero todas habían sido utilizadas durante ‎la guerra entre esos dos países.

 

Cada cual se ve entonces ante su propia conciencia. Quienes se obstinan en cerrar los ojos ‎para ‎no ver el ‎golpe de Estado del 11 de septiembre de 2001, se prohíben a sí mismos ‎cuestionar ‎el discurso de Estados ‎Unidos y se ven así obligados a aprobar el crimen que viene ‎después: ‎o sea, la invasión de ‎Irak. ‎

Completamente solo, un alto funcionario internacional, Hans Blix, ‎decide defender la verdad ‎‎ [10]. ‎Este‏ ‏diplomático sueco es el ex director ‎de la Organización Internacional de la Energía Atómica ‎‎(OIEA) y preside ‎la Comisión de Control, ‎Verificación e Inspección de la ONU encargada de ‎vigilar las actividades de Irak. ‎Enfrentándose ‎a Washington, Hans Blix señala que Irak no posee ‎los medios que se le atribuyen. Una ‎presión ‎sin precedentes se ejerce de inmediato sobre él: ‎no sólo el Imperio estadounidense sino todos ‎los ‎aliados de Washington presionan a Hans Blix ‎para que guarde silencio y permita que ‎la primera potencia ‎mundial destruya Irak. Pero Blix ‎no cederá, ni siquiera cuando su sucesor a ‎la cabeza de la OIEA –el egipcio ‎Mohamed el-‎Baradei– finge tratar de conciliar a las partes.‎

El 5 de febrero de 2003, el secretario de Estado y ex jefe del Estado Mayor ‎Conjunto ‎estadounidense, Colin Powell, ‎pronuncia ante el Consejo de Seguridad de la ONU ‎un discurso ‎redactado por el equipo del vicepresidente ‎Cheney. En ese discurso, ‎Estados Unidos acusa ‎a Irak de todos los males del mundo, incluyendo de dar abrigo a los ‎autores de los atentados ‎del ‎‎11 de septiembre y de preparar armas de destrucción masiva para ‎atacar a los países ‎occidentales. De ‎paso también se da a conocer un nuevo rostro para al-‎Qaeda: ‎Abu Mussab al-Zarqaui. ‎

 

El ministro de Relaciones Exteriores de Francia, Dominique de Villepin, participa en ‎el Consejo de Seguridad de la ONU oponiéndose a la guerra de Estados Unidos contra Irak.

El ministro de Relaciones Exteriores de Francia, Dominique de Villepin, participa en ‎el Consejo de Seguridad de la ONU oponiéndose a la guerra de Estados Unidos contra Irak.

 

Pero el presidente francés Jacques Chirac se niega a ser partícipe del crimen, aunque tampoco ‎se ve ‎a sí mismo ‎denunciando las mentiras de Washington. Así que lo que hace es enviar ‎a ‎su ministro de Exteriores, Dominique de Villepin, al Consejo de Seguridad de ‎la ONU. ‎

De Villepin deja en París los informes de la DGSE y enfoca su intervención en la diferencia ‎entre ‎la guerra ‎que un país puede verse obligado a enfrentar y la guerra que un país escoge ‎como opción. ‎Es evidente que el ‎ataque contra Irak no tiene nada que ver con los hechos del ‎‎11 de ‎septiembre de 2001, es evidente que se ‎trata de una decisión imperial, de ‎una guerra ‎de conquista. De Villepin resalta los resultados que Hans Blix ‎ya había obtenido ‎en Irak y luego ‎desinfla las acusaciones de Estados Unidos, demostrando así que la ‎situación ‎no justifica el uso ‎de la fuerza y que nada prueba que la guerra permita obtener ‎mejores ‎resultados que ‎la continuación de las inspecciones. Creyendo que la intervención del ‎ministro francés ‎abre ‎a Washington una puerta de salida y que con ello podrá evitarse la guerra, ‎los miembros ‎del Consejo de ‎Seguridad aplauden su discurso. Es la primera y única vez que ‎un grupo de ‎diplomáticos aplaude a otro ‎diplomático en la sala del Consejo de Seguridad de ‎la ONU. ‎

Sin embargo, Washington y Londres no sólo impondrán su guerra sino que, olvidándose de ‎Hans ‎Blix, ‎Estados Unidos inicia todo tipo de operaciones para «pasarle la cuenta» a Jacques ‎Chirac. ‎El presidente francés no ‎demorará en bajar la guardia y mostrar la mayor sumisión –e ‎incluso ‎más de la necesaria– al amo ‎estadounidense. ‎

 

A pesar de las amenazas, el presidente de la Comisión de Control e ‎Inspección de la ONU, Hans Blix, se niega a confirmar que Irak tuviese armas de destrucción ‎masiva en 2003, argumento que el presidente George Bush hijo agitaba para justificar ‎la guerra de Estados Unidos contra Irak.

A pesar de las amenazas, el presidente de la Comisión de Control e ‎Inspección de la ONU, Hans Blix, se niega a confirmar que Irak tuviese armas de destrucción ‎masiva en 2003, argumento que el presidente George Bush hijo agitaba para justificar ‎la guerra de Estados Unidos contra Irak.

 

Es importante señalar aquí la enseñanza que esta crisis nos deja. Hans Blix, ‎como ‎su compatriota Raoul ‎Wallenberg durante la Segunda Guerra Mundial, rechazó la idea de ‎que ‎los estadounidenses –los ‎alemanes, en el caso de Wallenberg– fuesen superiores a ‎los demás. ‎Hans Blix decidió tratar de salvar a los ‎hombres y mujeres que no habían cometido ‎más crimen ‎que el de ser iraquíes –o judíos húngaros, en el ‎caso de Wallemberg. Jacques Chirac ‎quiso ser ‎como Blix y Wallenberg, pero sus errores anteriores y los ‎secretos de su vida ‎privada ‎lo pusieron a la merced de un chantaje que no le dejaba otra alternativa ‎que ‎someterse ‎o renunciar a la presidencia de la República Francesa. ‎

Washington tiene previsto instalar en el poder en Bagdad un grupo de exiliados iraquíes ‎ya ‎seleccionados ‎entre los miembros de una asociación británica, el Consejo Nacional Iraquí, ‎que ‎tiene como presidente a ‎Ahmed Chalabi. Desde que fue condenado en el caso de la quiebra ‎del ‎banco jordano Petra, Chalabi es ‎considerado un estafador internacional… pero eso ‎no importa. ‎El consorcio estadounidense Lockheed ‎Martin crea un «Comité para la Liberación ‎de Irak» ‎‎ [11], cuyo presidente será George Shultz, ex secretario de ‎Estado y mentor de ‎George ‎Bush hijo. Ese Comité y el Consejo de Chalabi “venden” la guerra contra Irak a ‎la ‎opinión pública ‎estadounidense, afirmando que Estados Unidos se limitará a ayudar a la ‎oposición iraquí y ‎que ‎el enfrentamiento no será largo. ‎

Al igual que el ataque contra Afganistán, la invasión de Irak se preparó antes de ‎los atentados ‎del 11 de ‎septiembre. A principios de 2001, el vicepresidente Dick Cheney ya ‎había negociado ‎la implantación de bases ‎militares estadounidenses en Kirguistán, Kazajstán ‎y Uzbekistán, en el ‎marco de los acuerdos Central Asia ‎Battalion (CENTRASBAT) de la Comunidad ‎Económica del ‎Asia Central. Como los planificadores habían ‎previsto que en la guerra ‎contra Irak las tropas ‎estadounidenses necesitarían diariamente 60 000 toneladas ‎de material, ‎el Centro de Gestión ‎de los Transportes Militares (Military Traffic Management ‎Command, ‎MTMC) había recibido ‎orden de iniciar por adelantado el transporte de la logística.‎

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Resueltamente contrario al dúo Rumsfeld-Cebrowski, el general Paul ‎Van Riper –ya retirado– dirigió las “fuerzas rojas” que representaban a Irak en una simulación ‎de la agresión contra ese país… y logró provocar daños que habrían costado al menos ‎‎20 000 hombres a Estados Unidos. Así que el Pentágono optó por sobornar a los generales ‎del presidente Saddam Hussein antes de arremeter contra Irak.‎

Resueltamente contrario al dúo Rumsfeld-Cebrowski, el general Paul ‎Van Riper –ya retirado– dirigió las “fuerzas rojas” que representaban a Irak en una simulación ‎de la agresión contra ese país… y logró provocar daños que habrían costado al menos ‎‎20 000 hombres a Estados Unidos. Así que el Pentágono optó por sobornar a los generales ‎del presidente Saddam Hussein antes de arremeter contra Irak.‎

 

Sin embargo, el entrenamiento de las tropas estadounidenses comenzó sólo después ‎de ‎los atentados del 11 de septiembre, dando lugar a las ‎maniobras militares más importantes de ‎la ‎historia, denominadas Millenium Challenge 2002 o «Desafío del ‎Milenio 2002». Fue una ‎mezcla ‎de maniobras reales con simulaciones en sala de los estados mayores, simulaciones en ‎las ‎que ‎se usaron herramientas tecnológicas utilizadas en Hollywood, en la realización del ‎film ‎‎Gladiador. Del ‎‎24 de julio al 15 de agosto de 2002, fueron movilizados ‎‎13 500 efectivos. ‎Se procedió a evacuar toda la ‎población de las islas San Nicolás y ‎San Clemente, frente a ‎la costa de California, así como el desierto de ‎Nevada para usarlos ‎como «teatro de ‎operaciones». Este derroche de recursos exigió un presupuesto ‎de ‎‎235 millones de dólares. ‎Como anécdota, es interesante el hecho que los soldados que ‎hacían el papel ‎de ‎‎“tropas iraquíes”, bajo el mando del general Paul Van Riper, siguieron una ‎estrategia ‎no convencional que ‎condujo a la derrota de las tropas estadounidenses… así que ‎el estado ‎mayor suspendió el ejercicio antes ‎de la fecha prevista para su fin [12]. ‎

Ignorando deliberadamente los informes de Hans Blix y las objeciones de Francia, ‎Washington ‎emprende la «‎‏Operación Liberación de Irak‏‎» (Operation Iraqi Liberation), el 19 de ‎marzo ‎de 2003. Las siglas en inglés de ‎la Operation Iraqi Liberation conforman la palabra ‎OIL ‎‎(petróleo), lapsus ‎profundamente revelador, así que la operación será rebautizada ‎como ‎Operation Iraqi Freedom, o sea ‎‎‏‏‎«Operación Libertad Iraquí»‎‏‎. ‎Desde el primer día, un ‎poder de ‎fuego nunca visto cae sobre Bagdad, en aplicación de la estrategia militar que ‎Estados Unidos denomina Shock and Awe («Conmoción y pavor»). La población de Bagdad ‎queda aturdida por el horror, mientras que ‎Estados ‎Unidos y sus aliados se apoderan del país.‎

 

Donald Rumsfeld (a la izquierda en la foto) pone el Irak conquistado por las tropas estadounidenses ‎en manos de Paul Bremer III (a la derecha), ayudante privado del ex secretario de Estado Henry Kissinger. ‎Paul Bremer encabeza así una entidad pomposamente denominada “Autoridad Provisional de ‎la Coalición”, que en realidad es una compañía privada. Hoy en día aún se ignora quiénes ‎fueron los beneficiarios de esa operación.

Donald Rumsfeld (a la izquierda en la foto) pone el Irak conquistado por las tropas estadounidenses ‎en manos de Paul Bremer III (a la derecha), ayudante privado del ex secretario de Estado Henry Kissinger. ‎Paul Bremer encabeza así una entidad pomposamente denominada “Autoridad Provisional de ‎la Coalición”, que en realidad es una compañía privada. Hoy en día aún se ignora quiénes ‎fueron los beneficiarios de esa operación.

 

Inicialmente, una oficina del Pentágono asume el gobierno de Irak. Al cabo de ‎un mes, ‎esa ‎oficina, la ORHA (Office of Reconstruction and Humanitarian Assistance), ‎transfiere ‎el gobierno del país a ‎un administrador civil nombrado por el secretario ‎de Defensa. ‎Ese administrador –estadounidense– es L. ‎Paul Bremer III, el ayudante privado de ‎Henry ‎Kissinger. Bremer adopta rápidamente el título de ‎Administrador de la Autoridad ‎Provisional de ‎la Coalición. Sin embargo, a pesar de lo que ese título parece ‎indicar, esta ‎‎«Autoridad ‎Provisional de la Coalición» no ha sido creada por la coalición, la cual ‎nunca se ha ‎reunido y ‎cuya composición ni siquiera se conoce con precisión [13]. ‎

Por primera vez aparece un órgano que depende del Pentágono, pero que no figura ‎en ‎ningún ‎organigrama de la administración estadounidense. Ese órgano emana del grupo que ‎tomó ‎el poder el 11 ‎de septiembre de 2001. En los documentos publicados ‎por Washington, ‎la Autoridad que Paul ‎Bremer encabeza es designada como un órgano de ‎la coalición –cuando se trata de ‎un documento destinado a los ‎extranjeros– o como un órgano ‎del gobierno de Estados Unidos ‎‎–si el documento está destinado al Congreso estadounidense. ‎Con excepción de un funcionario ‎británico, todos los empleados de la ‎Autoridad reciben sueldos ‎de las administraciones ‎estadounidenses… pero no están sometidos a las leyes ‎de ‎Estados Unidos. Esto último ‎les permite tomarse libertades con el Código que se aplica a ‎los mercados ‎públicos. ‎La Autoridad confisca el Tesoro iraquí –o sea, 5 000 millones de ‎dólares– pero ‎en su contabilidad ‎sólo aparecen 1 000 millones. ¿Qué pasó con los otros ‎‎4 000 millones? ‎Esa pregunta se plantea en la ‎conferencia para la reconstrucción que ‎se realiza en Madrid, ‎pero nunca llega a recibir respuesta. ‎

 

El embajador estadounidense Peter W. Galbraith, inventor del mito que ‎presenta al presidente Saddam Hussein como un “genocida de kurdos”, recibió la tarea de ‎aplicar el plan del entonces senador Joe Biden para dividir Irak en 3 Estados diferentes.

El embajador estadounidense Peter W. Galbraith, inventor del mito que ‎presenta al presidente Saddam Hussein como un “genocida de kurdos”, recibió la tarea de ‎aplicar el plan del entonces senador Joe Biden para dividir Irak en 3 Estados diferentes.

 

El segundo de Paul Bremer no es otro que sir Jeremy Greenstock, el representante del ‎Reino ‎Unido que ‎había justificado las invasiones contra Afganistán e Irak. Durante ‎la ocupación, ‎Estados Unidos examina las ‎posibilidades de rediseñar Irak dividiéndolo en ‎‎3 Estados, así que ‎Bremer designa al embajador Peter ‎Galbraith –el organizador de la división ‎de Yugoslavia en ‎‎7 Estados separados– como consejero del ‎gobierno regional kurdo. ‎

 

El profesor Leo Strauss había seleccionado varios de sus alumnos judíos ‎para crear un grupo de “hoplitas”, el nombre utilizado para los soldados de Esparta. Leo Strauss ‎enviaba estos “hoplitas” a perturbar los cursos impartidos por sus rivales en la universidad ‎de Chicago. Leo Strauss enseñaba a sus “hoplitas” que es mejor crear una dictadura que ser ‎víctima de un “régimen”.

El profesor Leo Strauss había seleccionado varios de sus alumnos judíos ‎para crear un grupo de “hoplitas”, el nombre utilizado para los soldados de Esparta. Leo Strauss ‎enviaba estos “hoplitas” a perturbar los cursos impartidos por sus rivales en la universidad ‎de Chicago. Leo Strauss enseñaba a sus “hoplitas” que es mejor crear una dictadura que ser ‎víctima de un “régimen”.

 

Paul Bremer trabaja directamente con el secretario adjunto de Defensa, Paul ‎Wolfowitz, ‎el hombre que había ‎definido la futura estrategia de Estados Unidos en el momento ‎de la ‎disolución de la URSS. Wolfowitz es ‎un trotskista judío seguidor del pensamiento de ‎Leo Strauss ‎y ha introducido en el Pentágono a ‎numerosos adeptos de ese filósofo alemán. ‎Entre todos ‎constituyen un grupo estructurado muy coherente ‎y solidario. Según ellos, ‎la debilidad de la ‎República de Weimar ante los nazis demostró que los judíos no pueden confiar ‎en las ‎democracias para que los protejan de un nuevo genocidio. Por el contrario, los ‎judíos ‎deben ‎tomar partido a favor de los regímenes totalitarios y ponerse del lado ‎del poder. ‎De esa manera, la ‎idea de una dictadura mundial queda legitimada a título ‎preventivo [14]. ‎

Wolfowitz define las grandes líneas de trabajo de la Autoridad Provisional de la Coalición, ‎o sea, ‎tanto la ‎desbaasificación de Irak –una purga que aparta a todos los funcionarios ‎miembros del ‎partido laico Baas– y el ‎saqueo económico del país. Siguiendo sus instrucciones, ‎Bremer concede ‎todos los contratos públicos a ‎empresas amigas, generalmente sin proceso de ‎licitación –‎excluyendo de entrada a las empresas francesas ‎y alemanas, cuyos países ‎se opusieron a la ‎guerra del Imperio contra Irak [15]. ‎

Todos los miembros del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano –el think tank que preparó ‎el ‎‎11 de ‎septiembre– son incluidos, directa o indirectamente, en la Autoridad Provisional ‎de ‎la Coalición o trabajan ‎con ella. ‎

Desde el inicio, la llegada de esa gente se ve con gran reticencia, principalmente de parte ‎de ‎Sergio Vieira de ‎Mello, el representante del secretario general de la ONU en Irak. ‎Este alto ‎funcionario de la ONU es ‎asesinado el 19 de agosto de 2003, en un atentado ‎supuestamente ‎organizado por el yihadista Abu Mussab ‎al-Zarqaui –el mismo individuo cuya ‎existencia había ‎anunciado el secretario de Estado Colin Powell ante el Consejo deّ‎ Seguridad ‎de la ONU. Pero ‎las personas cercanas a Sergio Vieira de Mello subrayan, por el contrario, ‎que ‎este alto ‎funcionario de la ONU había entrado en conflicto con Paul Wolfowitz y acusan ‎directamente a ‎una ‎facción estadounidense de haberlo asesinado. El general James Mattis, ‎comandante de la ‎‎1ª ‎División de Marines –quien años después será nombrado secretario ‎de Defensa por ‎el presidente Donald Trump–, también se inquieta en aquel momento ante las ‎desastrosas consecuencias ‎de la desbaasificación, pero acabará plegándose. ‎

Estimulados por los éxitos que han logrado en Estados Unidos, Afganistán e Irak, ‎los hombres ‎del 11 de septiembre empujan su ‎país hacia nuevos blancos.

 

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La teopolítica

‎Del 12 al 14 de octubre ‎de 2003, una extraña reunión tiene lugar en el hotel King David ‎de Jerusalén. Según ‎la invitación emitida por los organizadores: ‎ ‎

‎«Israel es la alternativa moral ante el totalitarismo oriental y al relativismo ‎moral ‎occidental. Israel ‎es el “Ground Zero” de la batalla central de nuestra civilización por ‎su ‎supervivencia. Israel puede ‎ser salvado, y el resto de Occidente con él. Es hora de ‎unirnos ‎a Jerusalén.»‎

Varios cientos de personalidades de la extrema derecha israelí y estadounidense llegan ‎así ‎a Jerusalén, ‎donde la mafia rusa cubre todos los gastos. Avigdor Lieberman, ‎Benyamin ‎Netanyahu y Ehud Olmert ‎reciben calurosamente a Elliot Abrams, Richard Perle ‎y Daniel Pipes. ‎

Todos ellos comparten una creencia: la teopolítica. Según ellos, está cerca «el fin de ‎los ‎Tiempos». El ‎mundo pronto será gobernado por una institución judía y ‎desde Jerusalén ‎‎ [16]. ‎

 

Los progresistas israelíes ven esta reunión con gran inquietud, sobre todo porque varios oradores ‎se refieren ‎a Bagdad –‎conquistada 6 meses antes del encuentro– como la antigua «Babilonia». Para los progresistas israelíes es evidente que la teopolítica, que se proclama en ‎ese congreso, es un ‎resurgimiento del talmudismo. Esta corriente ‎de pensamiento –el propio Leo ‎Strauss era un ‎especialista del talmudismo– interpreta el judaísmo como una plegaria milenaria ‎del pueblo judío ‎por vengar los crímenes de los egipcios contra sus ancestros, por ‎vengar la ‎deportación de los ‎judíos a Babilonia por parte de los asirios y por vengar incluso la ‎destrucción ‎de los judíos ‎de Europa por parte de los nazis. Y considera que la «doctrina ‎Wolfowitz» prepara ‎el ‎Armagedón (la batalla final) que será la instauración del caos, ‎primeramente en el Medio ‎Oriente ampliado ‎y después en Europa. Una destrucción generalizada ‎que aportará el castigo ‎divino a quienes causaron sufrimiento al pueblo judío. ‎

El ex primer ministro israelí Ehud Barak se da cuenta del error que cometió al rechazar ‎la paz ‎que él mismo ‎había negociado con los presidentes de Estados Unidos, Bill Clinton, y ‎de Siria, ‎Hafez el-Assad –una paz que ‎podía haber preservado los intereses de todas las ‎poblaciones de ‎la región, pero que encontró la oposición ‎de los teopolíticos. Ehud Barak ‎comienza a reunir –en ‎el grupo Commanders for Israel Security ‎‎(“Oficiales Superiores por la ‎Seguridad de Israel”)– a ‎los oficiales israelíes que, sin conseguirlo, tratarán de ‎impedir la ‎reelección de Benyamin ‎Netanyahu en noviembre de 2014. ‎

Ehud Bark proseguirá su lucha hasta ‎pronunciar su discurso de junio de 2016, en la ‎conferencia ‎de Herzliya, donde denunciará la política ‎consistente en adoptar la peor de las ‎opciones, política ‎que aplica Netanyahu, y la voluntad del propio Netanyahu de institucionalizar ‎el apartheid ‎en Israel. Ehud Barak exhortará entonces sus compatriotas a salvar el ‎país ‎impidiendo que tales ‎fanáticos se mantengan en el poder. ‎

‎(Continuará) ‎

 

 

Del 9/11 al Gran Reseteo, de Al Qaeda al virus del Covid

 

Fuente:

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Thierry Meyssan, en Red Voltaire: Luego de los hechos del 11 de septiembre, el imperio estadounidense espía, saquea y mata.

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