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Líderes centroamericanos de derecha elogian el ‘Plan Biden’ neoliberal para fortalecer la ‘esfera de influencia’ de EEUU

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Los políticos centroamericanos de derechas aplauden el Plan Biden, una estrategia estadounidense que promete inversiones empresariales a cambio de reformas neoliberales. Prometen permanecer en la “esfera de influencia” de Estados Unidos y aislar a China y Rusia, al tiempo que piden un cambio de régimen contra el gobierno izquierdista de Nicaragua.

(Actualización, 24 de marzo: Después de la publicación de este artículo, el 22 de marzo, el Departamento de Estado de Biden anunció que el panelista Ricardo Zúñiga había sido nombrado enviado especial para el Triángulo del Norte. Este artículo se actualizó en consecuencia).

 

Por Ben Norton

La administración de Joe Biden ha dado prioridad a Centroamérica en su política exterior, desarrollando un plan integral que promete 4.000 millones de dólares en fondos para la empobrecida región, junto con inversiones corporativas extranjeras, a cambio de agresivas reformas neoliberales de “libre mercado”.

Según el programa de la administración Biden, se exigirá a los gobiernos centroamericanos que reduzcan las protecciones a los trabajadores, que garanticen “que las prácticas laborales no perjudiquen a la competencia”, que refuercen los acuerdos de “libre comercio” con Estados Unidos y que “reduzcan las barreras a la inversión del sector privado”, para permitir a las corporaciones estadounidenses un mayor control sobre la región.

El plan también tiene como objetivo explícito aislar a China y Rusia en un intento de consolidar el control de Washington sobre la región.

Los líderes de la derecha en Centroamérica han elogiado la iniciativa, al tiempo que han instado a la administración Biden a ir más allá en el debilitamiento del último Estado de izquierdas que queda en la región, el gobierno sandinista de Nicaragua.

Durante un evento celebrado el 17 de febrero en un centro de estudios financiado por el gobierno estadounidense llamado Diálogo Interamericano, ex presidentes conservadores, vicepresidentes y ministros de asuntos exteriores de países centroamericanos aplaudieron la estrategia, conocida informalmente como el “Plan Biden” o, en español, “Plan Biden”.

El enfoque de la administración Biden tiene como objetivo más inmediato limitar la inmigración de refugiados centroamericanos a Estados Unidos. Se ha ganado el apodo de “Plan Biden” porque sigue el modelo de otra política que el presidente supervisó durante sus días en el Senado. Ese fue el Plan Colombia, un programa de contrainsurgencia impuesto a Colombia que alimentó la violencia extrema, provocando miles de muertes y millones de refugiados, al tiempo que exacerbaba la pobreza y la desigualdad en el país.

El editor de Grayzone, Max Blumenthal, investigó el extenso daño que las políticas neoliberales de Biden ya han causado en Centroamérica, cuando se desempeñó como vicepresidente y el hombre clave para la región en la administración de Barack Obama. Ahora que es presidente, Biden está reutilizando las políticas de la era Obama y ampliándolas.

Tras el evento en el Diálogo Interamericano, los políticos centroamericanos de derecha que participaron publicaron un comunicado en el que se declaraban “alentados” por el Plan Biden, insistiendo en que será “mutuamente beneficioso” y parte de una “visión compartida entre el gobierno de Estados Unidos y la región centroamericana” que aislará a los adversarios de Washington.

Los líderes conservadores también avivaron el temor a la influencia china y rusa, advirtiendo que si Estados Unidos no intensifica su intervención en la región, Pekín y Moscú llenarán el vacío.

Una figura de la oposición nicaragüense de derechas llegó a pedir que el gobierno estadounidense tratara a Centroamérica como una especie de proxy neocolonial, “como se hizo en el pasado para las esferas de influencia”.

En este sentido, el Plan Biden también forma parte de la nueva guerra fría de Washington, expresamente dirigida a fortalecer la influencia política y económica de Estados Unidos sobre América Latina y a debilitar los crecientes vínculos de las naciones centroamericanas con China y Rusia.

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En el evento del 17 de febrero, los líderes conservadores centroamericanos también pidieron al gobierno de Biden que aumentara la presión sobre el gobierno de izquierda democráticamente elegido en Nicaragua.

El enviado especial del Departamento de Estado de EE.UU. para el Triángulo Norte de Centroamérica, Ricardo Zúñiga, y varios de los políticos se refirieron medio en broma a la oligarca conservadora respaldada por EE.UU., Cristiana Chamorro, como “presidenta” de Nicaragua, negándose a reconocer la legitimidad del presidente electo del país, Daniel Ortega, al que tacharon de “dictador”.

Zúñiga también aprovechó el evento para subrayar que el equipo de política exterior de Biden planea invertir fuertemente en organizaciones de la “sociedad civil” en América Latina para que sirvan como apoderados de los intereses de EE.UU., explicando que las ONG son los “interlocutores favoritos, en opinión de la administración, para desarrollar e implementar sus políticas en la región”.

Aunque el propio Biden ha prometido dar un vuelco a las políticas de Donald Trump, sus planes para Centroamérica muestran que el intervencionismo belicoso de Washington va a seguir siendo en gran medida el mismo, pero con más énfasis en las alianzas con el liderazgo regional de la derecha.

Después de todo, fue la administración Obama-Biden la que presidió un golpe militar antidemocrático que derrocó al gobierno electo de Honduras en 2009, instalando un gobierno corrupto que ha sido acusado de manera creíble de robar elecciones y está muy involucrado en el tráfico de drogas.

La discusión del Plan Biden en el Diálogo Interamericano proporcionó una indicación bastante clara de que las políticas agresivas que definieron tanto el enfoque de Obama como el de Trump hacia Centroamérica continuarán ahora que Biden es presidente.

 

 

El “Plan Biden” neoliberal promete 4.000 millones de dólares para Centroamérica – con condiciones corporativas

Durante su campaña presidencial de 2020, una de las únicas propuestas integrales de política exterior con las que se presentó Joe Biden fue la promesa de invertir 4.000 millones de dólares en Centroamérica para frenar la ola de migración masiva. Su campaña llamó a esta política “El Plan Biden para construir seguridad y prosperidad en asociación con la gente de Centroamérica.”

El Plan Biden se centra principalmente en los países que componen el Triángulo Norte de la región -Honduras, El Salvador y Guatemala-, que constituyen el grueso de la inmigración centroamericana a Estados Unidos.

La campaña de Biden comercializó su estrategia para Centroamérica como un medio para reafirmar el poder sobre la región, insistiendo en que “se necesita desesperadamente un liderazgo renovado de Estados Unidos, que debe complementarse con la inversión del sector privado, el apoyo de la comunidad internacional de donantes y el compromiso de los gobiernos regionales de emprender reformas fundamentales.”

El “Plan Biden” trata la violencia y la corrupción endémicas en Centroamérica no como problemas políticos engendrados por los impopulares regímenes de derechas apuntalados por Washington, o como el contragolpe de una guerra contra las drogas de Estados Unidos que deportó a decenas de miles de miembros de bandas indocumentadas a la región a cambio de paquetes de ayuda, sino más bien como inconvenientes que pueden gestionarse mediante atajos tecnocráticos que ofrezcan la estabilidad suficiente para que las corporaciones norteamericanas se instalen.

Al reforzar las políticas económicas neoliberales que han destruido las economías locales en toda la región, sobre todo en las zonas rurales, es probable que el Plan Biden proporcione, irónicamente, un mayor impulso para que las futuras generaciones de centroamericanos empobrecidos y desempleados emigren al norte.

La iniciativa de Biden se basa en la “Alianza para la Prosperidad”, lanzada bajo el mandato del ex presidente Barack Obama. El sitio web oficial de su campaña se refiere con orgullo al ex vicepresidente como “la persona clave de la Administración Obama-Biden” en lo que respecta a Centroamérica.

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En el último año del mandato de Obama, 2016, Biden ayudó a conseguir 750 millones de dólares de financiación para el “Plan de la Alianza para la Prosperidad”. Esto se sumó a los 560 millones de dólares de 2015 y a los 305 millones de dólares de 2014.

El gobierno de Obama estipuló sin rodeos que el dinero de la ayuda tenía un precio: En palabras de la Casa Blanca, puso “una responsabilidad significativa en los gobiernos del Triángulo Norte para emprender las reformas necesarias para recibir los fondos de Estados Unidos en apoyo del Plan de la Alianza para la Prosperidad.”

Las reformas exigían campañas de presión pública para disuadir a los ciudadanos de emigrar a Estados Unidos, así como la lucha contra la corrupción y el narcotráfico. Pero en el centro de la Alianza para la Prosperidad estaba la exigencia de que las naciones centroamericanas impusieran agresivas políticas de ajuste estructural.

De hecho, el “Plan Biden” continúa exactamente donde lo dejó la Alianza para la Prosperidad. El sitio web de la campaña de Biden afirma claramente que la “administración aprovechará la inversión del sector privado para promover la estabilidad económica y la creación de empleo en Centroamérica” mediante la “reducción de las barreras a la inversión del sector privado” y la “mejora de la competitividad del mercado del Triángulo Norte”.

Esto significa que las naciones centroamericanas tendrán que poner fin a las restricciones que tienen sobre las corporaciones extranjeras que dominan sus industrias y mercados, eliminando cualquier arancel o medida económica proteccionista – exactamente el tipo de políticas que han devastado las economías locales en América Latina, alimentando la pobreza, el desempleo y, por lo tanto, la migración masiva.

“Maximizar nuestros acuerdos comerciales y de intercambio también genera mayores oportunidades económicas para las empresas y los inversores estadounidenses”, subraya el plan.La estrategia propone “la inversión del sector privado, incluso a través de asociaciones público-privadas, para complementar los fondos del gobierno”.

Además, el Plan Biden se compromete a ordenar “al Representante de Comercio de EE.UU. y al Departamento de Comercio que evalúen si los países de América Central están cumpliendo sus compromisos en el marco del DR-CAFTA”, una referencia al Tratado de Libre Comercio de América Central impulsado por las empresas y negociado por la administración de George W. Bush en 2004.

El Plan Biden planea utilizar los requisitos del CAFTA para garantizar “que las prácticas laborales no perjudiquen a la competencia”, es decir, obligar a los países centroamericanos a recortar las pocas protecciones, salarios y prestaciones que ofrecen a los trabajadores.

El Plan Biden también pide que se trabaje con los bancos que imponen los programas neoliberales de ajuste estructural, “como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), para desarrollar la infraestructura y promover la inversión extranjera mediante la participación del sector privado de una manera rentable y competitiva.”

También se utilizarán programas de “microfinanciación”, según el Plan Biden. Los defensores liberales suelen presentar estas iniciativas como humanitarias, pero se ha demostrado que atrapan a los trabajadores pobres del Sur Global en deudas impagables, lo que ha provocado una epidemia de decenas de miles de suicidios de agricultores en la India.

Para dar al plan neoliberal un barniz progresista superficial, el gobierno de Biden afirma que prioriza “el papel central de las mujeres como una poderosa fuerza para el desarrollo”.

Para complementar la inversión empresarial extranjera y las asociaciones público-privadas, el Plan Biden propone a las ONG como vehículos de influencia, prometiendo “invertir principalmente en organizaciones de la sociedad civil.”

Los 4.000 millones de dólares de financiación del gobierno estadounidense que respaldan el Plan Biden procederán, según se informa, del Departamento de Seguridad Nacional.

El brazo de poder blando del gobierno estadounidense, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), también desempeñará un papel destacado en el Plan Biden.

La USAID ha servido durante mucho tiempo como fachada de la CIA, ayudando a financiar a los grupos de oposición de derechas en los países que son objetivo de Washington para el cambio de régimen. The Grayzone ha sacado a la luz un plan de la USAID destinado a derrocar al gobierno nicaragüense, llamado Responsive Assistance in Nicaragua (RAIN), cuyo objetivo es instaurar una “economía de mercado” y una purga de los sandinistas de izquierdas.

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Bajo el liderazgo de la halcón humanitario Samantha Power, es casi seguro que la USAID desempeñará un papel más importante en las intervenciones estadounidenses en toda la región.

 

 

En un think tank financiado por el gobierno de EEUU, líderes centroamericanos de derecha elogian el Plan Biden y piden más reformas neoliberales

El 17 de febrero, el think tank financiado por el gobierno de EE.UU., Diálogo Interamericano, celebró un evento titulado “El Plan Biden para Centroamérica – Perspectivas desde la región”.

El panel de discusión en video contó con el ex presidente de Costa Rica, el ex vicepresidente y ministro de Relaciones Exteriores de Panamá, el ex vicepresidente y ministro de Relaciones Exteriores de Guatemala y el ex ministro de Relaciones Exteriores de El Salvador – todos ellos sirvieron en gobiernos neoliberales de derecha, y todos ellos elogiaron el Plan Biden, y muchos pidieron al presidente de EE.UU. que lo ampliara aún más.

Con una importante financiación de gobiernos, empresas y de la Organización de Estados Americanos (OEA), patrocinadora del golpe, el Diálogo Interamericano se ha establecido como uno de los grupos de reflexión de Washington más influyentes en la política latinoamericana. Al igual que el gobierno estadounidense que lo patrocina, el Diálogo promueve los intereses de la oligarquía, ayuda a elaborar paquetes de reformas neoliberales y aboga por una intervención más agresiva de Estados Unidos en América Latina, al tiempo que actúa como una poderosa plataforma para las fuerzas de la derecha en la región.

Entre los donantes de alto perfil del think tank se encuentran la USAID de Washington, el Banco Interamericano de Desarrollo, Chevron, ExxonMobil, BP, Google, WalMart, Lockheed Martin y la Open Society Foundations (OSF) del multimillonario anticomunista declarado George Soros, junto con la Fundación Ford, McKinsey y Chemonics.

Tras su conferencia virtual, el Diálogo Interamericano publicó una declaración conjunta firmada por la camarilla de líderes conservadores centroamericanos. El documento afirma que están “esperanzados” y “alentados” por el Plan Biden, insistiendo en que será “mutuamente beneficioso” y el “punto de partida para formular una visión compartida entre el gobierno de Estados Unidos y la región centroamericana”.

El comunicado subraya que estos políticos centroamericanos de derecha “tienen ideales y objetivos compartidos” con “la Unión Europea y Japón”. En resumen, su argumento era comprometerse a oponerse a los intereses chinos y rusos en la región a cambio de más inversiones corporativas de Estados Unidos.

Su única crítica sustantiva al plan era que aislaba a las naciones del Triángulo Norte (Guatemala, El Salvador y Honduras) del resto de Centroamérica (Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Belice).

La declaración también se desvive por señalar y atacar a Nicaragua, proclamando que “la deriva dictatorial de Nicaragua es particularmente grave y debe ser abordada con urgencia, teniendo en cuenta las próximas elecciones de noviembre de 2021”, afirmando que “representa una grave amenaza no sólo para América Central, sino para todo el continente.”

El tema principal de la mesa redonda del Diálogo fue el fortalecimiento de la “asociación” entre los Estados centroamericanos y Estados Unidos. Las palabras “socio” o “asociación” se utilizaron 28 veces.

Laura Chinchilla, la ex presidenta derechista de Costa Rica y copresidenta del Diálogo Interamericano, dijo contenta: “Nos alienta la determinación de la administración de Biden de fortalecer a las naciones centroamericanas”.

A Chinchilla se unió María Eugenia Brizuela de Avila, ex ministra de Asuntos Exteriores del presidente de El Salvador, Francisco Flores Pérez, del partido de extrema derecha ARENA, un estrecho aliado de Washington que fue acusado y condenado por robar decenas de millones de dólares de dinero de ayuda que se había enviado para la reconstrucción tras los desastrosos terremotos.

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Brizuela pidió una serie de reformas neoliberales, insistiendo en que la única manera de que Centroamérica pueda desarrollarse es a través de la “inversión privada”, el “espíritu empresarial” y las “asociaciones público-privadas”.

Destacando que “la asociación con EE.UU. es un actor esencial”, al tiempo que pedía mejores relaciones también con la Unión Europea y Japón, Brizuela subrayó que la nueva guerra fría de Washington contra Pekín era una oportunidad económica para Centroamérica.

“También hay una oportunidad de desvío de comercio causada por la guerra comercial entre China y EE.UU., que anima a las empresas estadounidenses a buscar mejorar el valor de su cadena de suministro a través del nearshoring”, sostuvo Brizuela.

Un sitio web de negocios que recopila informes de inteligencia para las empresas amplió el argumento de Brizuela: “la guerra comercial entre EE.UU. y China significa que Centroamérica tiene la oportunidad de ayudar a mejorar las cadenas de suministro a través del nearshoring y de actuar como centro logístico”.

Otra oradora, Isabel de Saint Malo, ex vicepresidenta y ex ministra de Asuntos Exteriores de Panamá, subrayó repetidamente “la importancia de la asociación de Estados Unidos con Centroamérica”, enfatizando: “Eso es algo que valoramos”.

De Saint Malo también insinuó que Centroamérica se pondría firmemente del lado de Washington en contra de Rusia y China si las corporaciones estadounidenses invierten fuertemente en la región.

“Respecto a la presencia de otros países con interés en la región, usted mencionó a China y otros, Centroamérica no puede estar en medio de una lucha geopolítica. No se gana nada con eso”, dijo.

“Necesitamos socios para superar los obstáculos a los que nos enfrentamos”, continuó De Saint Malo, para añadir inmediatamente: “Me gustaría aprovechar esta oportunidad para invitar al sector privado estadounidense a venir a la región, a estar presente, a traer posibilidades financieras”.

Mientras De Saint Malo hablaba en el panel, estaba supervisando la misión electoral de la OEA en Ecuador, donde, bajo su dirección, la organización estaba ayudando al gobierno del derechista Lenín Moreno a robar las elecciones al popular candidato socialista Andrés Arauz.

 

Demonizar a Nicaragua mientras se bromea con reconocer a un opositor de derecha como presidente no electo

Los comentarios de los líderes conservadores centroamericanos en el evento virtual del Diálogo Interamericano representaron una repetición en su mayoría de su declaración escrita. Pero un tema sobresalió: Nicaragua. Si uno viera el evento y no supiera nada de Centroamérica, pensaría que el país es una distopía infernal gobernada por un rey loco.

En realidad, Nicaragua es el país más seguro de Centroamérica, en claro contraste con los gobiernos derechistas de Honduras y El Salvador, apoyados por Estados Unidos, que representan dos de las naciones más violentas del planeta. Nicaragua es el país que menos contribuye a la inmigración, mientras que la mayoría de los inmigrantes centroamericanos que viajan a Estados Unidos proceden del Triángulo Norte.

En Nicaragua prácticamente no hay narcocárteles activos, y el gran tráfico de drogas es prácticamente inexistente, mientras que el crimen organizado campa a sus anchas en Honduras y El Salvador. De hecho, el presidente derechista de Honduras, Juan Orlando Hernández, fue nombrado por un tribunal federal estadounidense como parte de una importante red de tráfico de drogas.

Cristiana Chamorro, una figura de la oposición de derechas procedente de una familia dinástica y oligárquica nicaragüense, utilizó el panel del Diálogo Interamericano para describir al gobierno elegido de su país como una “dictadura” y un “régimen”.

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“El eje cubano, nicaragüense y venezolano está en el centro de la inestabilidad en la región, y debe ser visto como tal, con los estrechos vínculos existentes con Rusia y China”, advirtió Chamorro.

El “régimen nicaragüense es una amenaza para el continente americano”, afirmó.

Cristiana es hija de la ex presidenta neoliberal nicaragüense Violeta de Barrios Chamorro, apoyada por Estados Unidos. Cristiana fundó y dirige la Fundación Violeta de Barrios Chamorro, un vehículo para la influencia de Washington que financia y entrena a activistas de derecha en Nicaragua. La Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), el brazo de poder blando del gobierno de Estados Unidos, ha dado a la Fundación Chamorro millones de dólares, utilizándola como medio para financiar a la oposición al Frente Sandinista socialista de Nicaragua.

Leyendo una declaración preparada en inglés, y refiriéndose a los compañeros líderes conservadores del panel como sus “amigos”, Chamorro advirtió que el gobierno sandinista de izquierdas de Nicaragua podría amenazar el neoliberal Plan Biden.

Chamorro pidió trabajar con la OEA para presionar al gobierno nicaragüense, y elogió a la administración Biden por sus duras declaraciones contra el gobierno sandinista.

Calificó de “buenas noticias” los planes del gobierno estadounidense de imponer aún más sanciones a su país natal, y pidió más ataques económicos.

Chamorro incluso se refirió a Centroamérica como parte de la “esfera de influencia” colonial de Washington, sugiriendo que se podría construir un “enfoque más geoestratégico, como se hizo en el pasado para las esferas de influencia”.

“Creo que si esta nueva era no aprovecha esta situación, de este primer momento, China y Rusia van a tomar lugar sobre la región, y van a amenazar más a Centroamérica y a América Latina en general”, advirtió Chamorro en un inglés entrecortado.

El enviado especial del Departamento de Estado de Biden para el Triángulo del Norte, Ricardo Zúñiga, que también fue diplomático en el Departamento de Estado de la administración de Barack Obama, se emocionó tanto con los comentarios de Chamorro que la declaró “presidenta” de Nicaragua.

El anfitrión del evento virtual, el presidente de Diálogo Interamericano, Michael Shifter, respondió a Zúñiga bromeando: “¡Todavía no, todavía no!”.

Eduardo Stein, el derechista ex vicepresidente y ministro de Asuntos Exteriores de Guatemala, se hizo entonces eco, medio en broma, de la descripción de Chamorro como “presidente” de Nicaragua.

Por último, Chinchilla, la ex presidenta conservadora de Costa Rica, añadió que reconocería de buen grado a Chamorro como presidente de Nicaragua, diciendo: “Ciertamente damos la bienvenida a cualquier líder democrático de ese país.”

Además de referirse a Chamorro como presidente, Zúñiga habló con sorprendente franqueza sobre el papel de las ONG respaldadas por el gobierno estadounidense como apoderadas de sus intereses.

Las organizaciones de la sociedad civil son los “interlocutores privilegiados, en opinión de la administración, para desarrollar e implementar sus políticas en la región”.

Zúñiga añadió que “ya he escuchado de sus colegas que, al desarrollar sus planes para la estrategia del presidente Biden en Centroamérica, tienen la intención de realizar una amplia consulta. Este evento aquí, y los comentarios compartidos aquí, son parte de esa consulta, estoy seguro”.

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Fuente:

Ben Norton, The Greyzone: Right-wing Central American leaders praise neoliberal ‘Biden Plan’ to strengthen US ‘sphere of influence’

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