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Daniel Estulin: Greta Thunberg, el nuevo proyecto de la élite. El proyecto Greta Thunberg es el último pseudo-acontecimiento humano fabricado por las élites expresamente para satisfacer nuestras exageradas esperanzas de grandeza, afirma Daniel Estulin. Es el último éxito del siglo XXI y su persecución de la ilusión, fabricado desde un molde nuevo de manera que los modelos humanos vendibles —es decir los héroes modernos— puedan ser producidos en masa para satisfacer el mercado sin el más mínimo impedimento. Sin embargo, actualmente estamos presenciando una fuerte caída en la efectividad de los fenómenos de propaganda, o al menos en la forma en que han existido en las últimas décadas, pues la gente ha aprendido a distinguir entre el verdadero sacrificio y la imitación de una hazaña. Al igual que Donald Trump, Greta Thunberg es un proyecto de la élite. Pero a diferencia del primero, ahora está absolutamente claro que el proyecto Greta Thunberg no prosperó. El filósofo Vico sostuvo que cada civilización obtiene el drama que merece. Los griegos empezaron así las aterradoras y grandes tragedias. Tristemente, para los titiriteros, la niña Greta terminó siendo un juguete roto en la pila de escombros que llamamos historia.

 

 

Greta Thunberg, el nuevo proyecto de la élite que no ha cuajado

Actualmente, estamos presenciando una fuerte caída en la efectividad de un fenómeno como la propaganda, o al menos en la forma en que ha existido en las últimas décadas.

La gente ha aprendido a distinguir entre el verdadero sacrificio y la imitación de una hazaña.

Al igual que Donald Trump, Greta Thunberg es un proyecto de la élite. Pero a diferencia del primero, ahora está absolutamente claro que el proyecto Greta Thunberg no prosperó.

Desde un punto de vista formal, el proyecto Greta Thunberg luce bien: tiene atención mediática a escala planetaria, la revista Time le otorga el título de “la persona del año”, aparece en las portadas en los principales medios de comunicación de masas y participa en eventos de máximo prestigio como la Asamblea General de la ONU o en la Cumbre de Davos, donde con sus habituales berrinches intenta avergonzar a los líderes occidentales más ricos y poderosos del mundo que se reúnen en las laderas heladas de los Alpes suizos.

thunberg soros

Pero esto no debería de sorprendernos dada la influencia de las personas que están detrás la niña sueca de 16 años con síndrome de Asperger. El fenómeno Thunberg para ellos en realidad se trata sólo de una preparación para el objetivo principal: convertir a Greta en un verdadero instrumento de influencia de masas que pueda usarse para resolver problemas específicos y de gran envergadura en el ámbito internacional. Justamente en este ámbito surgieron los problemas y al parecer la insuperable Greta se ha convertido en celebridad.

¿Y qué es la celebridad sin el último pseudo-acontecimiento humano fabricado expresamente para satisfacer nuestras exageradas esperanzas de grandeza?

Este es el último éxito del siglo XXI y su persecución de la ilusión. Se ha hecho un molde nuevo de forma que los modelos humanos vendibles, es decir héroes modernos, pudieran ser producidos en masa para satisfacer el mercado sin el más mínimo impedimento.

Actualmente, las características que comúnmente convierten a un hombre o a una mujer en una marca globalmente anunciada son las que destacan su carácter de “vacío humano”. Al mismo tiempo que comenzó el bombardeo del fenómeno Greta Thunberg en los medios, paralelamente aparecieron muchas publicaciones en medios alternativos advirtiendo cuán peligroso podría llegar a ser el fenómeno de esta niña.

Los titiriteros del Estado Profundo de la política mundial han elegido el material ideal como su títere: una niña con una biografía impecable —por falta de vida obviamente— que cree fielmente en lo que está diciendo y lo promueve a través de
diagnósticos y comportamientos extremadamente modernos que vuelven inaceptable cualquier ataque en su contra.

Sin embargo, ¿cuál ha sido el resultado?

Los esfuerzos en límites del gasto no han dado los resultados esperados, y Greta se está convirtiendo cada vez más en un objeto de burla planetaria. Los principales líderes mundiales, entre ellos Putin, Trump, Merkel, Macron, la pisotearon de una manera u otra, sin olvidar el reciente tuit venenoso de los ferrocarriles alemanes que expone la hipocresía de la activista ambiental que es indicativo del hecho de que encaja completamente en una tendencia socio política distinta y cada vez más dominante.

Hace 40 años, en su libro “La imagen: una guía de pseudoeventos en los Estados Unidos”, Daniel Boorstin argumentó que la revolución gráfica en el periodismo había separado la fama de la grandeza que requiere un periodo de gestación en el cual se realizaron grandes hazañas. Esta ruptura aceleró la caída de la fama hacia la mera notoriedad, que es mucho más plástica y muy perecedera.

Greta no ha podido convertirse la jugadora ecológica que le hubiese encantado a las personas que la manejan. Y el fracaso real de un proyecto tan profesionalmente preparado a gran escala nos permite notar que esto es mucho más que un simple fallo de relaciones públicas. De hecho, estamos presenciando una fuerte caída en la efectividad de un fenómeno como la propaganda, o al menos de la forma en que ha existido en las últimas décadas.

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La propaganda: del glamour a la envidia, la desesperación y la separación para sabotear la solidaridad social

La propaganda es el proceso de fabricar glamour, y ser envidiado es lo que supone este glamour. De esta manera, la propaganda se fundamenta en la felicidad solitaria que nace de ser envidiado por los demás. Y si además puedes canalizar esta envidia hacia un proyecto concreto, mejor aún.

La envidia tiene un lado oscuro que se ha perdido en el pensamiento del siglo XXI.

Desde la época medieval, la envidia ha sido considerada el factor principal para identificar las causas del sufrimiento humano.

Como la desesperación, la envidia deriva de la separación de la persona de su objeto de deseo combinado con el sentimiento de impotencia para conseguir lo que desea.

En la envidia, la necesidad de aceptación se convierte en impulso de destrucción.

Durante más de un siglo, la humanidad —al menos la parte más desolada— ha sido sometida a una manipulación intensiva con la ayuda de los medios de comunicación.

El globalismo ha logrado con éxito su objetivo de dividir o trocear la sociedad occidental en las fracciones y estratos sociales más pequeños posibles.

Originalmente, la idea era extremadamente ingeniosa —incluso elegante a su manera— porque cuanto mayor es el nivel de solidaridad en la sociedad, más peligrosa es esta situación para el sistema en caso de algún tipo de crisis interna, pues habría menos posibilidades de poder hacer frente al grave descontento público.

El temor a las revoluciones de los siglos XVIII, XIX y XX es el origen de esta preocupación. De ahí la fragmentación activa de la sociedad en varios grupos sociales donde cada individuo se convierte en un representante de la minoría ya sea racial, de género u otra cosa. En cualquier caso, esto simplifica la manipulación de la sociedad con respecto a la prevención y represión de los movimientos de masas peligrosos para el sistema. Pero el fenómeno inverso es que a las trituradoras ahora les resulta mucho más difícil lograr la consolidación social, sobre todo en los temas más candentes de la actualidad.

Además, vale la pena destacar un problema de propaganda moderna como es la escasez de héroes cuyos nombres e imágenes se puedan utilizar para promover las ideas necesarias.

Pero volvamos con la Caperucita Roja moderna, la niña Greta Thunberg

A lo largo de su historia, la humanidad vivió de los ejemplos de personas reales. La famosa máxima de que “el árbol de la libertad debe ser ligado, de vez en cuando, con la sangre de los patriotas y los tiranos” es totalmente cierta.

En los libros de texto de historia se encontraban héroes y villanos, déspotas y libertadores, mártires, libres pensadores y revolucionarios. Pero había algo en común en todos ellos: pusieron sus vidas y las de los demás en el altar de sus creencias más profundas, y de verdad pagaron bien caro por sus creencias.

El “nosotros” del siglo XXI es una cultura guiada por ideales inalcanzables. Libertad, igualdad, felicidad. Para la mayoría de los occidentales de hoy lo hiper-real es a menudo una manera de mirar hacia el futuro que ha excedido los sueños más salvajes de la ciencia ficción. Sin embargo, las imágenes son estimulantes solo cuando hay alguna manera de moverse desde donde estamos hacia los valores implícitos en la imagen.

Si no hay nada que nos conecte con la imagen de Greta Thunberg o con la de la realeza, entonces el ideal parece inalcanzable y nos sentimos desvinculados de él, por lo que no promueve la unión de la audiencia sino su distanciamiento.

El filósofo Vico sostuvo que cada civilización obtiene el drama que merece. Los griegos empezaron así las aterradoras y grandes tragedias. Tristemente, para los titiriteros, la niña Greta terminó siendo un juguete roto en la pila de escombros que llamamos historia. Menos mal, y viva la libertad de pensamiento crítico.

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Fuente:

Daniel Estulin / Ángel Metropolitano — Greta Thunberg, el nuevo proyecto de la élite.

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