Actualizado el 9 de abril de 2026.
Por José Luis Preciado
Hay umbrales que no se cruzan con los pies. Uno de ellos es la puerta de los recintos donde entre el 9 y el 12 de abril de 2026 se reúnen los representantes del poder en la sombra de Occidente. El Club Bilderberg, fundado en 1954, no es una conferencia. Es una confesión que sigue operando bajo estrictas normas de confidencialidad. Los asistentes, estratégicamente seleccionados entre aristócratas del Reino Unido y el Norte de Europa, políticos, empresarios, banqueros, militares y académicos, debaten sin revelar públicamente sus intervenciones, aplicando la conocida “regla de Chatham House” —un centro de pensamiento vinculado a la monarquía británica.
¿Y qué se discutirá en esas sesiones cerradas? La lista oficial de temas, filtrada como siempre con la parquedad que caracteriza al Club, incluye: IA, Seguridad en el Ártico, China, Finanzas Digitales, Diversificación Energética, Europa, Comercio Global, Oriente Medio, Rusia, la relación industrial-defensiva transatlántica, Ucrania, Estados Unidos, el Futuro de la Guerra y, en términos generales, «Occidente». No hay nada trivial en esa lista. Cada palabra es un campo de batalla.
Salvo algunas excepciones, la lista oficial de asistentes publicada en el portal de internet del Club coincide con otra que fue filtrada días antes a través del periodista Dan Dicks. Sin embargo, esas discrepancias podrían tratarse de omisiones deliberadas. En cualquier caso, no se trata solo de un mero directorio de asistentes: es un mapa del subsuelo donde se cocina el siglo XXI. Vivimos en una época que se proclama democrática, igualitaria, post-aristocrática. Pero una mirada a la lista de los asistentes al Club Bilderberg 2026 desmiente esa pretensión con la elegancia de un puñetazo envuelto en terciopelo. Porque allí se sentarán Su Majestad el Rey de los Países Bajos y Su Majestad la Reina Máxima. No es una visita de Estado. Es una toma de posición. La corona neerlandesa se revela como lo que siempre fue: un nodo de la red de gobernanza globalista. El rey no está allí para cortar cintas. Está allí para escuchar cómo se reconfigurará Europa después de la guerra, para asentir cuando se hable de vigilancia digital, para validar con su sola presencia el nuevo orden que se teje.
Pero no es el único vestigio de un mundo que creíamos enterrado. La Princesa Jeanette zu Fürstenberg, que asiste en representación de General Catalyst, lleva en su apellido ochocientos años de historia alemana. El Barón Karl-Theodor zu Guttenberg, exministro de Defensa de Alemania, ahora asesora desde las sombras a las tecnológicas que fabrican armas autónomas. El barón y la princesa no son rarezas folclóricas. Son recordatorios de que la nobleza nunca se fue; solo cambió de disfraz. Ya no solo poseen tierras, sino algoritmos también. Y luego están los británicos. Siempre los británicos. Lord Mark Sedwill, exjefe del Servicio Civil y Consejero de Seguridad Nacional del Reino Unido, ostenta la Orden de San Miguel y San Jorge. Sir John Sawers, exdirector del MI6, lleva la misma condecoración.
Tampoco falta la Baronesa Camilla Cavendish of Furness, miembro de la Cámara de los Lores y perteneciente a una de las familias nobiliarias más antiguas de Inglaterra, los Cavendish, Duques de Devonshire. Su presencia es la confirmación de que la aristocracia terrateniente sigue teniendo asiento en la mesa donde se decide la desindustrialización de Occidente. Y junto a ellos, aunque con un linaje diferente, se sienta Murray Auchincloss, el ex CEO de BP, cuya familia Auchincloss pertenece a la aristocracia escocesa, una estirpe que ha tejido durante siglos alianzas entre el petróleo, la banca y la corona británica. Todos ellos son caballeros y damas investidos por la corona, con espada ceremonial y todo. ¿Y qué hacen estos aristócratas del siglo XXI en Washington? Lo mismo que hacían sus antepasados en las cortes europeas: conspirar. Solo que ahora la conspiración se llama inteligencia artificial, guerra híbrida y transición energética. La sangre azul no ha perdido su poder. Lo ha privatizado. Y para completar el cuadro británico, aparece Rishi Sunak, el ex Primer Ministro, investido como Compañero de Honor, un título que la corona otorga a quienes han prestado servicios de excepcional mérito. Sunak no es un lord, pero su condecoración lo sitúa en el umbral de la nobleza de servicio, esa que el Imperio Británico inventó para premiar a sus más leales administradores.
El Consejo de Relaciones Exteriores (CFR Council on Foreign Relations), fundado en 1921, es el cerebro de la política exterior estadounidense. Sin embargo, su origen se encuentra directamente en la estructura imperial británica diseñada a finales del siglo XIX, específicamente en el movimiento de la Mesa Redonda impulsado por Cecil Rhodes y sus herederos ideológicos. Este entramado, concebido como una sociedad semisecreta destinada a preservar y expandir el poder del Imperio Británico mediante la formación de una élite anglosajona cohesionada, operaba a través de redes como las becas Rhodes y círculos de Oxford para moldear cuadros dirigentes. En 1921, su rama estadounidense cristalizó institucionalmente en el Consejo de Relaciones Exteriores, funcionando como la extensión orgánica de esta estrategia imperial en Estados Unidos, con el objetivo de influir en la política exterior y alinear a la potencia emergente con los intereses geoestratégicos heredados de la «Mesa Redonda», bajo una lógica de continuidad oligárquica y gestión global de las élites.
Más de la mitad de los asistentes a Bilderberg 2026 son miembros activos del Consejo de Relaciones Exteriores. Marie-Josée Kravis, coanfitriona del encuentro. Scott Bessent, Secretario del Tesoro de Estados Unidos. Fareed Zakaria, la voz autorizada del liberalismo internacional. Peter Thiel, el filósofo oscuro de Silicon Valley. Elizabeth Economy, la estratega de Asia. El CFR no es una sociedad secreta en el sentido de que admita su existencia. Es secreta en el sentido de que nadie pregunta por qué un puñado de personas decide qué es razonable pensar sobre China, Rusia o el cambio climático. El CFR filtra, selecciona, legitima. Y luego Bilderberg ejecuta.
Luego está la Comisión Trilateral, ese hijo bastardo del CFR que Zbigniew Brzezinski concibió para coordinar a las élites de Norteamérica, Europa y Japón. En la lista encontramos a José Manuel Barroso, condecorado con la Gran Cruz de la Orden de Cristo, ex presidente de la Comisión Europea y ahora ejecutivo de Goldman Sachs. Barroso es un hombre puente: une a Europa con el capital financiero, une a la tecnocracia de Bruselas con las metaélites de Estados Unidos. Es un comodín. Pero si queremos hablar de sociedades discretas más conocidas, debemos mencionar a Peter Thiel. Thiel es masón. Lo ha admitido en entrevistas. Pertenece a una logia de Palo Alto donde se codea con los magos de PayPal y los ingenieros de la muerte digital. La masonería de Thiel no es la de los mandiles y las escuadras del siglo XVIII. Es una masonería líquida, cibernética, que jura lealtad no a un gran arquitecto del universo sino a un gran arquitecto de los datos. Y ese arquitecto se llama Palantir, la empresa que Thiel cofundó y que ahora, bajo el mando de Alex Karp, espía por nosotros y contra nosotros. Karp también está en la lista. Por supuesto que está. No hay Bilderberg sin el ojo que todo lo ve.
Hablemos de los espías, porque en Bilderberg 2026 hay más agentes de inteligencia que en una cumbre de la OTAN. Nicolas Lerner, condecorado con la Legión de Honor y la Ordre National du Mérite, es el director general de la DGSE, el servicio secreto francés. No es un diplomático. No es un académico. Es un hombre que maneja redes de informantes en el Sahel, que autoriza operaciones encubiertas en el Cáucaso, que sabe dónde están enterrados los secretos que matarían gobiernos enteros. Lerner no está en Bilderberg para aprender. Está para coordinar. Junto a él, y representando a la aristocracia de Estado francesa, se sienta Luis Vassy, director de Sciences Po y condecorado con la Orden Nacional del Mérito de Francia. Vassy no tiene título hereditario, pero pertenece a esa nobleza administrativa que la República Francesa ha perfeccionado durante dos siglos: una élite endogámica, formada en la ENA, que rota entre los ministerios, las grandes écoles y las direcciones de los bancos. Es la sangre azul del meritocratismo, y su presencia en Bilderberg demuestra que la nobleza no siempre viene de cuna; a veces viene de expediente.
John Sawers, ya mencionado, fue el jefe del MI6 entre 2009 y 2014. Ahora es un caballero consultor. Pero los espías no se retiran. Se licencian. Y una licencia del MI6 es un pase perpetuo para moverse entre las élites sin levantar sospechas. Mark Sedwill no fue espía en el sentido operativo, pero fue Consejero de Seguridad Nacional del Reino Unido, lo que significa que vio todos los expedientes, escuchó todas las interceptaciones, conoció todos los nombres. Sedwill es el archivo viviente del Imperio Británico en su fase de declive. Y está en Washington, tomando café con los dueños del mundo. ¿Qué discuten estos hombres en los pasillos? No lo sabremos nunca. Pero podemos intuirlo. Discuten cómo la inteligencia artificial puede reemplazar a los agentes humanos. Discuten qué hacer con Rusia después de Putin. Discuten cómo sabotear la Iniciativa de la Franja y la Ruta y cómo descarrilar a China junto con ella. Y lo discuten sin periodistas, sin filtraciones, sin controles democráticos. Porque la democracia, en esos pasillos, es un ruido de fondo.
Hay apellidos que funcionan como programas políticos. No necesitan manifiestos. No necesitan partidos. Basta con pronunciarlos para que el poder se despliegue como un tapiz. Wallenberg. Digan ese nombre en Suecia y los bancos tiemblan. Marcus Wallenberg es el patriarca de una dinastía que controla Ericsson, Atlas Copco, SEB, y media docena más de corporaciones que definen la economía escandinava. Los Wallenberg no son una familia. Son una institución paralela al Estado sueco. Y Marcus Wallenberg está en Bilderberg porque sin él, cualquier decisión sobre el futuro del norte de Europa es incompleta.
Boël. En Bélgica, Harold Boël es el CEO de Sofina, un fondo de inversión que maneja miles de millones. Pero más importante: los Boël están emparentados con la realeza belga. Son los primos ricos del rey Felipe. Son el eslabón entre la corona y el capital. Koç. Ali Koç es vicepresidente de Koç Holding, el conglomerado más grande de Turquía. Los Koç son una dinastía otomana reconvertida al capitalismo global. Tienen fábricas, bancos, periódicos, equipos de fútbol. Y tienen el oído de Erdogan y de la OTAN. En Bilderberg, Ali Koç no representa a una empresa. Representa a un puente geopolítico entre Oriente y Occidente. Fürstenberg. Ya hablamos de la princesa. Pero vale la pena detenerse. Los Fürstenberg son una de las casas nobiliarias más antiguas de Europa. Tuvieron ejércitos. Tuvieron territorios. Ahora tienen capital de riesgo. La princesa invierte en inteligencia artificial y biotecnología. No ha perdido su instinto de dominio. Solo lo ha actualizado. Leysen. En Bélgica, Thomas Leysen preside dsm-firmenich AG y pertenece a la aristocracia empresarial belga, esa estirpe de industriales que durante generaciones ha tejido alianzas entre la corona, los bancos y los conglomerados químicos. Su presencia es discreta, pero su poder es inmenso: los Leysen son los guardianes de la infraestructura industrial europea. Estas dinastías no son reliquias. Son vigías. Han sobrevivido a revoluciones, guerras mundiales, colapsos financieros. Sobrevivirán también a esto que llamamos posmodernidad.
Y no podemos olvidar a Mark Carney, Oficial de la Orden de Canadá. No es solo el Primer Ministro de Canadá. Es, como lo describió Executive Intelligence Review, «el príncipe de los banqueros centrales» —y el «príncipe» no es una metáfora. Carney ha sido ungido por la Corona británica como el arquitecto financiero del Gran Reseteo. Ha ocupado la presidencia del Consejo de Estabilidad Financiera (FSB) del G20, la dirección del Banco de Canadá, la gobernación del Banco de Inglaterra —el primer no británico en la historia— y la presidencia del Comité del Sistema Financiero Mundial del Banco de Pagos Internacionales. Todos esos puestos simultáneamente o en rápida sucesión. Pero lo que realmente importa no es su currículum. Es a quién sirve. Carney es un alto funcionario de la Corona británica, educado en Harvard y Oxford, y ha sido asesor directo del Príncipe Carlos —ahora Rey. De hecho, fue el Príncipe quien lo llamó a Clarendon House a finales de 2013 para «compartir sus preocupaciones». Y no es casualidad que la esposa de Carney, Diana Fox Carney, sea activista climática del WWF-Reino Unido —el Fondo Mundial para la Naturaleza fundado por el miembro de las SS nazis, el Príncipe Bernhard— y coautora del informe que dio origen al Grupo de Trabajo sobre Divulgación Financiera Relacionada con el Clima (TCFD), el mecanismo mediante el cual los bancos centrales, liderados por Carney, han declarado la guerra a la industria de los combustibles fósiles. Carney ha declarado públicamente: «Las empresas que no se adapten a este nuevo mundo dejarán de existir». No es una predicción. Es una amenaza. Y no es un político elegido. Es un tecnócrata que ha dicho, con toda su arrogancia: «Las políticas las hacen los tecnócratas. No vamos a recibir instrucciones desde el lado político». Por eso Carney está en Bilderberg. No como invitado. Como organizador. Porque fue miembro del Comité Directivo de Bilderberg —el círculo interno que decide quién entra y quién no— durante años, y ahora, desde la primera línea política canadiense, sigue ejecutando la transición financiera global hacia un modelo que ningún ciudadano ha votado.
Pero el poder ya no se ejerce solo con sangre o con dinero. Se ejerce con relatos. Con la capacidad de definir qué es real y qué no lo es. Por eso en Bilderberg 2026 hay una constelación de actores: aquellos que fabrican la realidad que el resto consume. Mathias Döpfner es el CEO de Axel Springer, el imperio mediático que publica Bild, Die Welt, Politico. Döpfner no es un periodista. Es un estratega. Decide qué historias llegan a 200 millones de lectores. Decide qué políticos son relevantes y cuáles son ignorados. En Bilderberg, Döpfner no informa: acuerda. John Micklethwait de Bloomberg y Zanny Minton Beddoes de The Economist completan el triunvirato anglófono. Ambos han sido condecorados con la Orden del Imperio Británico (OBE) y son caballeros de la palabra escrita. Ambos saben que la información es el opio del siglo XXI.
A ellos se suman Niall Ferguson, el historiador escocés condecorado con la Orden del Imperio Británico, senior fellow de la Hoover Institution de Stanford, cuya pluma ha legitimado la expansión imperial angloestadounidense durante décadas, y Gideon Rachman, comentarista jefe de asuntos exteriores del Financial Times, también condecorado con la OBE, cuya voz modula lo que es «realista» pensar sobre el declive de Occidente y el ascenso de China. Y para cerrar el cerco mediático, Pilar Gil de PRISA Media representa el mundo hispanohablante. PRISA es dueña de El País, la radio Cadena SER, y media docena de medios que fijan la agenda cultural en España y América Latina. Gil está en Bilderberg porque nadie gobierna sin controlar la conversación en español. Pero el relato no solo se fabrica desde los medios. También se fabrica desde la academia y la política exterior. Por eso encontramos a Radoslaw Sikorski, ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, condecorado con la Legión de Honor francesa y casado con Anne Applebaum, la historiadora del Atlantic Council. Sikorski es un hombre puente entre Washington, Bruselas y Varsovia, y su presencia en Bilderberg confirma que la guerra en Ucrania se planea también en estas salas.
Y luego están los magos de la inteligencia artificial. Demis Hassabis de Google DeepMind, que posee la Orden del Imperio Británico en su grado de Comendador. Jack Clark de Anthropic. Arthur Mensch de Mistral AI.. Estos hombres controlan, entre todos, el futuro de la inteligencia artificial general. Ellos deciden cuán rápido avanza la tecnología. Deciden qué límites éticos se imponen o no se imponen. Deciden si la IA será una herramienta de liberación o un instrumento de control total. No son políticos. No son banqueros. Son más poderosos que ambos. Porque están construyendo un nuevo tipo de inteligencia que algún día podría no necesitarnos.
En la mesa larga de Bilderberg también se sientan los que formalmente gobiernan, aunque sepamos que su gobierno es una delegación. Mark Rutte, Secretario General de la OTAN, está allí porque la guerra está allí. No una guerra declarada, sino una guerra permanente, difusa, que se libra en Ucrania, en Gaza, en Irán y en el ciberespacio y en las tuberías del Báltico. Jens Stoltenberg, ex Secretario General y ahora ministro de Finanzas de Noruega, es otro veterano de estas lides. Stoltenberg es miembro de la Real Orden Noruega del Mérito (Gran Cruz) y fue miembro del Comité Directivo de Bilderberg hasta febrero de 2025, lo que significa que no solo asiste: ha ayudado a organizar.
Kristalina Georgieva del FMI y Christine Lagarde del Banco Central Europeo, condecorada con la Legión de Honor francesa, están allí porque sin dinero no hay guerra, no hay transición energética, no hay vigilancia. El FMI y el BCE son los comisarios políticos del capital. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, es hija de los Albrecht, una familia de financieros y aristócratas muy acaudalados vinculados a la aristocracia británica. Ella ha ayudado a la nobleza a moldear la estructura supranacional de la Unión Europea. Von der Leyen y Kaja Kallas, Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores, representan a una Europa que ya no sabe gobernarse sola y necesita que Washington le recuerde el camino. Y en la cabecera, presidiendo todo, Henri de Castries, conde francés, ex CEO de AXA, presidente del Institut Montaigne. Castries es el anfitrión perfecto: aristócrata, financiero, europeísta, globalista. Nadie mejor que un conde para abrir las puertas de un club donde los reyes se sientan junto a los espías y los espías junto a los magos.



